Pipo El Perro que Quería ser Nube
- Lady Black Moon

- 23 ene
- 11 Min. de lectura

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Pipo era un perro salchicha muy bajito. Tan bajito, que su barriga rozaba el césped cuando corría. Sus patas cortas se movían rápido, pero aun así siempre parecía ir arrastrando un poquito el cuerpo. A Pipo le gustaba su vida, le gustaban los paseos, las croquetas y las siestas al sol, pero tenía un sueño extraño: quería ser una nube.
Miraba al cielo y veía a las nubes flotar, blancas y ligeras, sin preocuparse por los charcos de lodo ni por los gatos del vecino.—Si fuera una nube —pensaba Pipo—, podría ver qué hay encima de la nevera.
Le parecía injusto que, por ser tan bajito, nunca pudiera descubrir esos misterios importantes de la casa.
Un día, mientras dormía la siesta bajo el rosal, un hada del jardín lo escuchó roncar. El hada, que tenía ganas de bromear, agitó su varita mágica con una sonrisa traviesa.
Al despertar, Pipo no sentía sus patas en el suelo.
Se miró en el espejo del agua del bebedero y ¡sorpresa!
Sus patas eran de algodón y sus orejas parecían merengue. Su cuerpo era blanco, suave y ligero.
¡Pipo ya no era un perro de tierra, era un perro de aire!
Empezó a flotar lentamente hacia el techo de la caseta, moviendo la cola como si fuera una hélice. Daba vueltas despacio, como un globo mal atado.
Estaba emocionado… aunque un poco mareado.
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Pipo flotaba por encima de la cerca.
—¡Miren, soy una nube! —ladró.
Pero en lugar de un “guau”, salió un sonido suave:
—¡Puf!
Los pájaros se acercaron confundidos. Un gorrión intentó posarse en su lomo, pero Pipo era tan blandito que el pájaro se hundió un poquito, como si fuera un cojín de plumas.
—¡Oye! —piaba el gorrión, sorprendido.
El viento empezó a soplar, y Pipo se dio cuenta de un problema importante:
No tenía frenos.
Pasó flotando por encima de la señora García, que estaba tendiendo la ropa. Ella miró hacia arriba y gritó:
—¡Vaya, esa nube tiene forma de perro salchicha!
Pipo intentó saludar con la pata, pero terminó dando vueltas como una peonza de algodón.
Era divertido, sí, pero el cielo era mucho más grande de lo que había imaginado.
—¡Adiós, jardín! —pensó, un poco nervioso.
Mientras se elevaba hacia los árboles más altos del parque, comprendió que había despegado de verdad.
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Mientras flotaba, Pipo se encontró con una nube que se llamaba Niebla. Niebla era una nube anciana y gris que sabía mucho sobre el viento.
—¿Eres nuevo por aquí, pequeño? —preguntó con voz de trueno bajito.
Pipo explicó que era un perro que quería ver el mundo desde arriba.
Niebla se rió con un sonido profundo y amable.
—Entonces tendrás que aprender a nadar en el aire.
Le enseñó:
—Para ir a la izquierda, mueve la oreja derecha. Para ir a la derecha, mueve la cola.
Pipo practicó y pronto pudo esquivar una cometa que se le acercaba peligrosamente.
Descubrió que ser nube tenía sus trucos.
Si comía un poquito de aire frío, se volvía más pesado y bajaba. Si tomaba sol, se ponía calentito y subía.
Era como un juego de saltos, pero sin tocar nunca el suelo.
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Pipo tenía hambre.
Las nubes normales no comen, pero él seguía teniendo estómago de perro.
Pasó por encima de una feria de pueblo. Un puesto de galletas recién horneadas soltaba un olor delicioso que subía hasta el cielo.
Pipo se emocionó tanto que empezó a vibrar.
Sin querer, su cuerpo de nube soltó gotitas sobre la bandeja de galletas.
Pero no eran gotas normales.
Eran gotas con sabor a vainilla.
El panadero probó una galleta mojada y abrió los ojos.
—¡Es la mejor galleta del mundo!
Pipo se sintió orgulloso.
Descubrió que podía hacer lluvias divertidas.
Intentó concentrarse y dejó caer un poco de azúcar glass sobre unos niños que comían helado.
Los niños reían, saltando y tratando de atrapar al perro esponjoso.
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Desde las alturas, Pipo vio a su archienemigo: el gato Bigotes.
Bigotes siempre se burlaba de él por ser bajito.
Ahora, Pipo estaba por encima.
Bajó lentamente hasta quedar detrás del gato, que dormía en un tejado.
—¡Buh! —dijo con voz gaseosa.
Bigotes saltó del susto, erizando el pelo.
Solo vio una nube con forma de salchicha guiñándole un ojo.
Intentó atrapar su pata de algodón, pero las uñas pasaban de largo.
Pipo se reía tanto que empezó a soltar pequeños copos de nieve.
¡Nieve en pleno verano!
Bigotes terminó persiguiendo los copos mientras Pipo subía, sintiéndose el perro más audaz del barrio.

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Mientras flotaba sobre el parque, Pipo escuchó un llanto finito que subía desde el suelo, tan delgado que casi se confundía con el silbido del viento.
—¡Mi gloooobo! —sollozaba un niño pequeño, señalando un pino altísimo.
Pipo miró hacia abajo y vio al niño dando pequeños saltos inútiles, con los brazos estirados al cielo. El globo rojo estaba atrapado en la punta más alta del pino, bailando entre las ramas como si se burlara, subiendo y bajando, siempre fuera de alcance.
Pipo sintió un tirón en el pecho, parecido al que sentía cuando Lucas dejaba caer su pelota favorita bajo el sofá.
No podía ignorarlo.
Descendió despacio, con cuidado de no asustar al niño, formando una nube-salchicha justo alrededor del globo.
—Tranquilo, pequeño humano —dijo con su voz suave de “puf”—. Soy un perro volador al rescate.
El niño abrió los ojos como platos.
Pipo sopló suavemente por detrás del globo, empujándolo con su barriga de algodón. El globo se soltó de la rama y comenzó a bajar lentamente, girando como una cereza flotante.
El niño corrió unos pasos y lo atrapó contra su pecho.
—¡Una nube con forma de perrito me ayudó! —gritó feliz.
Pipo subió de nuevo, sintiendo una alegría tibia y ligera.
Era la primera vez que salvaba el día desde el cielo.
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Más arriba, cuando el parque ya parecía una alfombra verde, Pipo se encontró con un grupo de nubes largas y estiradas que avanzaban juntas como una caravana silenciosa. Se movían despacio, pero con firmeza, como si supieran exactamente a dónde iban.
Una nube delgada y brillante se acercó sonriendo.
—Somos las Viajeras del Viento Norte —dijo—. Yo me llamo Brisa. Viajamos hacia las montañas.
Pipo abrió mucho los ojos. Desde abajo, las montañas siempre le habían parecido enormes, pero desde el cielo debían verse aún más impresionantes.
—Nunca he visto montañas desde arriba —confesó.
Brisa lo observó con curiosidad.
—¿Eres una nube nueva? Tienes forma… interesante.
Pipo se sonrojó, si es que una nube podía sonrojarse.
—Soy un perro que se volvió nube por accidente.
Las Viajeras rieron con suaves sonidos de viento.
—Entonces eres bienvenido. En el cielo siempre hay sitio para quien quiera viajar.
Las nubes se acomodaron a su alrededor como vagones blanditos que protegían a un pasajero especial.
Juntos volaron sobre ríos que parecían cintas plateadas y pueblos diminutos como cajas de juguetes. Los autos se veían como hormigas apuradas y los trenes, como gusanos brillantes.
Pipo se sentía ligero por fuera y por dentro.
Por primera vez desde que dejó su jardín, no se sentía perdido.
Se sentía parte de una familia aérea.
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Mientras viajaban, Pipo notó algo extraño en el suelo.
Allí, sobre el parque, se movía una figura blanca que lo imitaba.
Era su sombra.
Al descubrirla, una idea juguetona se le encendió en la cabeza.
Estiró sus orejas todo lo que pudo y arqueó el lomo.
Abajo, los niños se detuvieron en seco.
—¡Mira! —gritó uno—. ¡Un dinosaurio en el suelo!
Pipo movió la cola con cuidado y la sombra cambió de forma.
Ahora parecía un dragón con alas enormes.
Los niños corrían detrás de la silueta, riendo.
Pipo se animó.
Encogió el cuerpo y la sombra se transformó en un conejo gigante.
Luego estiró el cuello y apareció un helado con patas.
Las carcajadas llenaron el parque.
Sin saberlo, Pipo se había convertido en el primer perro que dibujaba cuentos con sombras en la tierra.
Desde el cielo, escuchaba las risas como música.
Y eso lo hacía sentirse útil, incluso estando tan lejos del suelo.
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De pronto, una sombra negra cruzó el cielo.
Un cuervo travieso comenzó a picotear a Pipo.
—¡Fuera, cojín volador! —se burlaba, dando saltitos sobre su lomo.
Al principio, Pipo intentó ignorarlo.
Pero el cuervo no paraba.
Pic, pic, pic.
Pipo sintió cómo algo se apretaba dentro de su pecho de nube.
Se enfadó.
Y cuando una nube se enfada, cambia.
Su cuerpo blanco se volvió gris.
Se hinchó, pesado y oscuro.
—¡GRRR-PUF!
Las otras nubes se apartaron, asustadas.
Pero, en lugar de rayos, explotaron miles de burbujas brillantes.
¡Plop! ¡Plop! ¡Plop!
Las burbujas envolvieron al cuervo, que empezó a girar atrapado en el aire como un trompo sorprendido.
Cuando Pipo se calmó, el cielo volvió a aclararse.
Había creado, sin querer, la primera tormenta de burbujas de la historia.
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Después de tantas aventuras, el cansancio pudo más que la emoción.
Pipo se quedó dormido flotando.
Soñó con huesos gigantes hechos de algodón y con gatos que maullaban en cámara lenta.
Cuando despertó, escuchó un sonido nuevo.
Gaviotas.
Abrió los ojos.
Debajo de él se extendía una inmensa alfombra azul.
Había llegado a la playa.
Las olas lo empujaban suavemente, como si quisiera mecerlo.
—¡Mira, una espuma gigante con forma de perro! —decían los turistas señalando al cielo.
Un niño intentó subirse encima, como si Pipo fuera una colchoneta.
Pipo se movió, sorprendido, y el niño cayó riendo sobre la arena.
Pipo volvió a subir, sacudiéndose gotas saladas.
Estaba cosquilloso y cansado, pero feliz.
Había viajado más lejos de lo que jamás soñó un perro salchicha.

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Después de dejar atrás la playa, Pipo flotó durante horas sobre una ciudad enorme. Desde el cielo, todo parecía distinto. Las calles eran ríos grises que se cruzaban, y los edificios, cajas altas de colores. Las personas se movían como puntitos apresurados.
Mientras avanzaba, notó algo extraño.
Un grupo de corredores corría por una avenida ancha. Sus pasos eran pesados, sus rostros estaban rojos, y sus camisetas empapadas de sudor. Algunos se llevaban la mano al pecho, agotados.
Pipo los observó con atención.
Entonces recordó los días de verano en casa, cuando Lucas se tiraba en el suelo buscando una baldosa fresca, y él se acostaba a su lado jadeando.
Sintió un deseo profundo de ayudar.
Inspiró aire frío de las alturas, ese aire limpio que vive entre las nubes altas. Lo guardó en su pecho de algodón, inflándose un poco más.
Luego, con cuidado, sopló hacia abajo.
Una brisa suave recorrió la avenida.
Las banderas se movieron.
Las hojas temblaron.
Los corredores levantaron la cabeza.
—¿Lo notan? —dijo uno sorprendido—. ¡Está refrescando!
—¡Es como si alguien hubiera encendido el aire acondicionado del cielo! —rió otro.
Pipo movía la cola orgulloso.
Era el primer ventilador con orejas de la historia.
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Un día despejado, mientras flotaba entre cometas de colores, Pipo vio algo blanco que subía girando.
Era un avión de papel.
Subía en espiral, elegante, como si bailara con el viento.
—¡Eh, nube-perro! —gritó—. ¿Carrera hasta aquella nube alta?
Pipo parpadeó.
Nunca había corrido en el aire, pero la idea le pareció emocionante.
—¡Acepto!
Salieron disparados.
Atravesaron corrientes de viento juguetonas.
Pasaron junto a gorriones sorprendidos.
Esquivaron globos y cometas.
El avión bajaba rápido como una flecha.
Pipo subía lento, pero constante, moviendo su cola como timón.
Ambos se esforzaban al máximo.
Cuando llegaron a la nube señalada, lo hicieron exactamente al mismo tiempo.
Empate.
El avión giró en el aire.
—Eres raro —dijo—, pero buen corredor.
Pipo sonrió.
Había hecho su primer amigo de papel.
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Después de una lluvia ligera, el cielo quedó limpio y brillante.
Entonces apareció un arcoíris inmenso, extendido como un puente de luz.
Pipo lo miró maravillado.
Nunca había estado tan cerca de uno.
Sin pensarlo demasiado, se metió dentro.
Sintió cosquillas en todo el cuerpo.
Su nube blanca empezó a cambiar.
Primero rojo.
Luego naranja.
Después amarillo, verde, azul y violeta.
Cuando salió, era un perro-nube multicolor.
Las demás nubes se acercaron asombradas.
—¡Pareces una paleta de helado celestial! —dijo Brisa.
Pipo se miró.
Nunca se había sentido tan hermoso.
Brillaba como un sueño de colores.
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Una tarde, las nubes se reunieron alrededor de Pipo.
Lo miraban con admiración.
—Queremos aprender a hacer ruido como tú —pidieron—. Enséñanos a ladrar.
Pipo se puso nervioso, pero aceptó.
—Desde la barriga —explicó—: “¡PUF-GUAF!”
Practicar juntos fue divertido.
Al principio sonaban desordenadas.
Luego, poco a poco, se coordinaron.
El cielo empezó a retumbar:
PUF-GUAF… PUF-GUAF…
Sonaba como una canción.
Abajo, los humanos decían:
—Qué tormenta tan rítmica.
Sin darse cuenta, Pipo había creado la primera orquesta de truenos perrunos.
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Esa noche, el cielo estaba tranquilo.
Las estrellas brillaban como faroles lejanos.
Pipo flotaba en silencio.
Por primera vez, no tenía ganas de jugar.
Pensó en su manta de cuadros.
En el cuenco de croquetas.
En las cosquillas en la panza.
El cielo era enorme, pero no tenía olor a hogar.
Se dio cuenta de algo importante:
Podía tocar el mundo, pero no abrazarlo.
Y sintió un nudo de nube en el pecho.
Ahí comenzó su deseo de volver.

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A pesar de lo divertido que era volar, Pipo empezó a sentirse un poco solo.
Las nubes eran simpáticas, pero no sabían jugar a la pelota ni hacerle cosquillas en la barriga con la nariz fría. Tampoco entendían lo importante que era correr detrás de una hoja seca o dormir hecho un ovillo.
Extrañaba el olor de la tierra mojada después de la lluvia.
Extrañaba el sonido de las llaves de su dueño, Lucas, cuando llegaba del colegio.
Una tarde, mientras flotaba despacio, miró hacia abajo.
Vio su casa.
El jardín parecía más pequeño que antes, pero seguía siendo su lugar favorito del mundo.
Lucas estaba allí, sentado en el pasto, con la correa de Pipo entre las manos.
No jugaba.
No corría.
Miraba al cielo con tristeza.
—He perdido a mi perro —decía en voz baja.
El corazón de nube de Pipo se apretó.
Intentó bajar de inmediato.
Movió las orejas, la cola, todo el cuerpo.
Pero el viento de la tarde lo empujaba hacia arriba.
Por primera vez, ser nube no se sentía como un regalo.
Se dio cuenta de algo muy importante:
Ser nube era genial para visitar lugares.
Pero ser perro era mejor para ser amado.
Y comprendió que había llegado el momento de volver a casa.
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Decidido, Pipo buscó a la nube más grande del cielo.
Todos la conocían.
Era el Gran Cúmulo.
Parecía una montaña de nata que respiraba lentamente.
Pipo se acercó con respeto.
—Señor Cúmulo —dijo—, quiero volver a ser un perro de tierra.
El Gran Cúmulo suspiró, y su suspiro sonó como viento entre pinos.
—No es fácil soltar el cielo una vez que se ha probado —dijo con voz profunda—, pero es posible.
Pipo escuchaba atento.
—Para bajar, debes soltar todo el aire que guardas —explicó—. Tienes que reírte tanto, pero tanto, que te desinfles como un globo.
Pipo lo intentó.
Pensó en un pingüino con bufanda.
Luego en un elefante con patines.
Después en el gato Bigotes con un lazo rosa.
Empezó a reírse.
Primero bajito.
Luego fuerte.
Su risa hacía que su cuerpo soltara chispas de luz.
Cada carcajada lo volvía un poco más pequeño.
Un poco más pesado.
El blanco de sus patas comenzó a oscurecerse.
Algo estaba cambiando.
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Pipo empezó a caer.
Pero no caía como una piedra.
Caía como una pluma que da vueltas.
—¡Yuju! —gritaba, nervioso y emocionado.
Los árboles se acercaban poco a poco.
El problema era que todavía le quedaba un poco de nube en la cola, así que descendía en zigzag.
De pronto…
¡Pum!
Cayó sobre un montón de hojas secas en su jardín.
Rebotó una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Finalmente quedó quieto.
Se miró las patas.
Eran marrones.
Sólidas.
Reales.
Se lamió la nariz.
Húmeda y fría.
Ladró:
—¡Guau!
Sonó fuerte y claro.
Había vuelto.
Solo su cola brillaba un poco, plateada, como recuerdo del cielo.
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Lucas oyó el ladrido y salió corriendo.
—¡Pipo!
Se lanzó a abrazarlo.
—¡Has vuelto!
Pipo movía la cola con tanta fuerza que casi levantaba vuelo.
—Hueles raro —dijo Lucas—. A lluvia limpia y algodón dulce.
Pipo recibió un tazón gigante de galletas.
Las comió como si no hubiera comido en mil años.
Esa noche durmió en su manta de cuadros.
Soñó con nubes.
Lucas creyó verlo flotar un poco mientras roncaba.
Pensó que imaginaba cosas.
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Pipo volvió a ser un perro normal.
O casi.
A veces saltaba y se quedaba suspendido un segundo extra.
Nunca se ensuciaba con lodo.
Saludaba al cielo con un ladrido suave.
Había aprendido que está bien soñar con volar, pero que lo mejor del mundo es tener un lugar al que volver.
Y alguien que te espere para jugar.
Y así, el perro que fue nube vivió feliz.
Con la nariz en las estrellas.
Y las patas en la tierra.




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